Una Genealogía de la Esperanza

La palabra “esperanza” proviene del latín, del verbo sperare, que significa “esperar”. Por tanto, tener esperanza es vivir en la espera de que aquello que añoramos, soñamos, y creemos, sucederá.

La esperanza es algo que nos acompaña durante toda la vida; toda persona la experimenta ya sea por situaciones inmediatas o por grandes sueños que parecen imposibles. El enfermo espera la posibilidad de restablecerse, el hijo el regreso de su madre después de trabajar, el obrero su paga justa, el marginado su aceptación e inclusión. La esperanza es una experiencia cotidiana que nos atraviesa en todas nuestras facetas. Esperar…

Para los antiguos habitantes de lo que hoy es Grecia, la esperanza surgió de una manera particular. La primera mujer creada de barro, Pandora, fue enviada a la Tierra con una jarra que contenía todos los males del mundo. A pesar de la advertencia de no abrirla, la curiosidad de Pandora fue más fuerte y, al quitarle la tapa, liberó todos los males que contenía, los cuales se expandieron por toda la Tierra. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, trató de cerrar la jarra, pero ya era demasiado tarde. Sin embargo, en el fondo de la jarra quedó la esperanza, el último mal que no pudo escapar.

¿Por qué la esperanza se encontraba en la jarra de los males? Para los griegos, esperar que algo sucediera era perder la vida en sueños fantasiosos, dado que el destino ya estaba escrito. El mundo lo controlaban los dioses con sus caprichos, y el tiempo era cíclico para ellos; todo se repetía siempre (el día y la noche, las estaciones del año, las etapas históricas, etc.), por lo cual la esperanza no servía de nada.

Esta visión de la esperanza choca directamente con la visión cristiana. La esperanza de salvación de la Antigua Alianza se cumplió en Cristo, quien dijo que el Espíritu vendría y vino en Pentecostés, y anunció el Reino. Esperar, para los cristianos, tiene sentido. Es una virtud, es la confianza en la relación personal que establecemos con Dios.

Quizás las palabras del mismo Francisco, en el Catecismo de las Virtudes, puedan ser mas elocuentes y claras, en cuanto a la fuerza de esta esperanza que se sobrepone a todo:

Puede el hombre viador creer todo cuanto nos propone Nuestra Santa Madre la Iglesia y hacer una aplicación viciosa de los principios generales de la fe. Puede tener puros los principios y corromperse en la práctica y aplicación de ellos. Puede el hombre creer que Dios ofrece el auxilio de la gracia, la misericordia y el perdón a todo hombre viador, y dejar de creer que se lo dé a él. Consentir en este error práctico es el pecado de desesperación. Este pecado puede proceder de un error meramente práctico; y éste se halla con mucha frecuencia en conciencias erróneas y escrupulosas. Si las personas que caen en este error hacen por otra parte todo aquello que en el servicio de Dios la fragilidad humana les permite, deben deponer su error, y, quitada la causa, se impedirá el efecto. Ni las propias faltas y miserias ni los pecados los más enormes son motivo suficiente para desesperar de la misericordia de Dios. Es precisamente porque somos lo que somos, esto es frágiles, débiles, miserables, pecadores, que Dios nos ofrece su gracia, el perdón y su misericordia.” (CV 348, 23)

by | Feb 20, 2026 | Reflexiones | 0 comments

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